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Mirar al mundo con los ojos del presente

*) Por Francisco Uranga

“¿Y si hubiera una guerra fría entre China y Estados Unidos?”, se preguntaba la revista norteamericana Time en noviembre de 2012. “El rol que cumplía Gran Bretaña a inicios del siglo XX, lo está reemplazando ahora con China y sus productos manufacturados”, cuestionó de Pino Solanas con motivo del acuerdo ferroviario firmado entre Argentina y el país asiático ese mismo año.

La tentación es irresistible, nadie está totalmente a salvo. Pensar los problemas de nuestra época con categorías del pasado es casi un reflejo natural. Y si bien es cierto que el paralelismo con otros momentos históricos puede ser útil para simplificar un análisis o comunicar una idea, cuando se confunde un recurso metafórico con la realidad misma, tarde o temprano el pensamiento esquemático y reduccionista suplanta el pensamiento científico y crítico. Ver en la nueva proyección internacional China un revival del colonialismo británico de fines del Siglo XIX es un absurdo, pero sin embargo es una caracterización que puede prender muy bien entre el público local: la relación centro-periferia entablada entre Argentina e Inglaterra durante la vigencia del Modelo Agroexportador es bien conocida por todos y está profundamente arraigada en la memoria colectiva. Imaginarse que el mundo del Siglo XXI se dividirá en dos grandes bloques, uno bajo la influencia de EE.UU. y otro de la República Popular China, en disputa por el liderazgo político global, sería un intento forzado, bastante tirado de los pelos, de encajar el esquema internacional actual dentro del molde de la Guerra Fría.  Y sin embargo, consignas minadas de prejuicios e interpretaciones anacrónicas son lanzadas de un lado a otro de las distintas trincheras ideológicas, paralizando cualquier  intento de establecer una discusión seria sobre este tema, quizás el más importante de nuestro tiempo.

La fuerza de las cosas

En 2012, la suma de importaciones más exportaciones entre China y EE.UU. superó los 500 mil millones de dólares y explicó el 16% del comercio exterior chino y el 13% del estadounidense. En los últimos 20 años, el monto total intercambiado entre ambas potencias creció al espectacular ritmo del 11% anual promedio, lo que significó una multiplicación por 8 veces y media entre 1993 y 2013. Este incremento constante y acelerado en los intercambios llevó a China al cuarto lugar en el podio de los socios comerciales de Estados Unidos, detrás de la Unión Europea y los restantes integrantes del NAFTA, Canadá y Méjico. Como contrapartida, EE.UU. se convirtió en el principal socio comercial de la República Popular China. Barack Obama sintetizó muy claramente la importancia que ha cobrado para su país la relación con la segunda economía mundial: “nuestras exportaciones a China está creciendo casi dos veces más rápidamente que nuestras exportaciones al resto del mundo, lo que lo hace una parte clave de mi objetivo de duplicar las exportaciones estadounidenses y mantener competitivo a Estados Unidos en el siglo XXI” (19 de enero de 2011, Conferencia de prensa conjunta con Hu Jintao, entonces presidente de la República Popular China). Al margen de los millones y los porcientos, el aspecto esencial que debe destacarse es que el arrollador ascenso de la economía asiática de los últimos 20 años estuvo basado, en gran medida, en una fuerte interdependencia con el país norteamericano. Un proceso diametralmente opuesto al desenvuelto entre los dos polos de la guerra fría: el comercio era prácticamente inexistente alguno entre EE.UU y la Unión Soviética(*). Este solo dato derrumba las hipótesis de una “nueva guerra Fría” en el Siglo XXI. Naturalmente, existen tensiones y competencia para captar mercados y ganar influencia en el tablero geopolítico mundial, pero estas tienen lugar dentro de un sistema internacional único y unificado. Estamos frente a un nuevo escenario, signado por la cooperación,  el intercambio y la competencia, no por la “coexistencia pacífica”.

(*) Para dar un orden de magnitud: El comercio EE.UU.-URSS rondaba el 1% del comercio exterior estadounidense a fines de la década del ’70 y se vio interrumpido en varias ocasiones producto de la tensión política entre ambas potencias.

¿El libro blanco de la segunda tiranía?

Durante su visita a nuestro país en julio del año pasado, el Presidente chino, Xi Jinping, informó que su país había decidido elevar el status de Argentina de “Socio Estratégico” a “Socio Estratégico Integral”. Esto implica sumar a las dimensiones política y económica la cooperación científico-tecnológica y, potencialmente, también la militar. En enero de este año, Cristina Fernández de Kirchner retribuyó la visita con un viaje oficial a oriente, con el fin de profundizar esta sociedad. Durante las reuniones celebradas, se suscribieron 22 acuerdos de cooperación en materia de Salud, Telecomunicaciones, Aeroespacial y Energía Nuclear, entre otros. Se destacan, además, convenios firmados para impulsar proyectos concretos, como la construcción de dos centrales nucleares en territorio argentino.

Las noticias fueron celebradas ruidosamente desde el gobierno. Sin embargo, no todos fueron tan optimistas. Los más críticos vieron en la “asociación estratégica integral” un eufemismo para una suerte de neocolonialismo chino, lo que les valió una dura réplica bajada desde la mismísima cima del poder: la Presidente los acusó de ser “estúpidos” y tener un “corset intelectual y colonial”. Un debate de alto nivel político, digamos. Ahora, bien, ¿tiene sentido comparar esta nueva etapa de las relaciones internacionales argentinas con la relación trabada con el Imperio Británico a principios del siglo pasado?.  Veamos.

En 2008, China publicó “El libro blanco sobre América Latina”, donde especifica sus objetivos estratégicos en la región: abastecerse de minerales, alimentos y energía. En palabras simples, asigna a la región el papel de proveedor de materias primas. En el reverso de la moneda, encontramos que sus exportaciones hacia América del Sur son fundamentalmente bienes industriales. Así las cosas, uno estaría tentado a darle la razón a Pino Solanas. El panorama es aún menos alentador cuando se analiza la evolución de la balanza comercial Sino-Argentina: luego de un periodo superavitario entre 2001 y 2007, en 2008 ingresó en una etapa crecientemente deficitaria para nuestro país, que en 2014 llegó a 5.789 millones de dólares, su máximo valor histórico. Este desfasaje se debe al estancamiento de nuestras exportaciones hacia China en los últimos 6 años, periodo en el cual las importaciones de aquel origen se duplicaron. Hasta cierto punto, esta dinámica responde a un fenómeno que excede nuestras fronteras: a raíz de la crisis global de 2008/2009 que inauguró un periodo de bajo crecimiento de las economías avanzadas, que se extiende hasta nuestros días, China produjo un viraje en su estrategia comercial, redireccionando una mayor parte de su producción hacia los mercados de nuestra región a la par que busca reorientar su expansión económica hacia adentro.

En el plano de las finanzas internacionales, China ha comenzado a dar señales que agudizan las alertas de los más desconfiados. Decidida a emprender la fase de internacionalización de su moneda, el renminbi (o yuan), intensificó su intervención auxiliando a países necesitados de divisas, como el swap pactado con Argentina por un monto equivalente a 11.000 millones de dólares. Las pretensiones chinas de consolidar su moneda como medio de cambio y reserva de valor internacional clarifican sus intenciones de ascender hacia el centro del poder mundial, dejando atrás los discursos donde sus dirigentes le adjudicaban el status del “más grande de los países emergentes”. A su vez, siguió profundizando la expansión de sus capitales hacia el resto del mundo, con la adquisición de compañías en el exterior y el financiamiento de obras de infraestructura en todo el globo, especialmente aquellas vinculadas con sus intereses estratégicos, como las que facilitan la producción y transporte de materias primas en África  y Latinoamérica.

Entonces, ¿es China un país neocolonialista?.  A pesar de los indicios que pudieran encontrarse, resulta difícil ver ambiciones imperialistas en la tierra de Mao Tse Tung. Tal vez sea el resultado de su propia historia nacional, surcada por etapas de humillantes sometimientos a potencias extranjeras como la que se inició luego de las guerras del opio, tal vez sea el producto de una cosmovisión diferente entre su dirigencia. Lo cierto es que a la hora de firmar acuerdos comerciales, de asistir a economías con problemas de liquidez o de decidir financiar obras de infraestructura, la República Popular no establece condicionamientos sobre la política macroeconómica de otras naciones ni busca interferir en asuntos de política interna. Dos diferencias notables respecto de las potencias que protagonizaron el escenario mundial durante el siglo pasado.

Según Jorge Castro, analista internacional especializado en China, la fuente de legitimidad del poder político a lo largo de toda la historia de aquel país ha sido la capacidad del gobierno para garantizar la seguridad alimentaria de su inmensa población. Todas las dinastías imperiales cayeron en momentos de hambrunas y deterioro de las condiciones sociales. Esto explica por qué las autoridades del Partido Comunista Chino (PCCh) tienen fijada su máxima prioridad en el abastecimiento de alimentos, y luego de los minerales y el petróleo necesarios para sostener la elevada tasa de crecimiento de la economía. El “Libro Blanco…”, por lo tanto, debe ser entendido como la explicitación de los objetivos estratégicos de aquel país en base a sus intereses nacionales y no como un plan de sometimiento colonial para nuestra región. La disparidad de fuerzas y la falta de claridad sobre nuestros propios objetivos estratégicos son, en definitiva, las mayores amenazas para Argentina en esta relación que entraña, sin embargo, formidables oportunidades para nuestro futuro.

Made in Sudamérica

Desde los sectores industriales argentinos y brasileños hicieron oír sus cuestionamientos al acercamiento, y, particularmente, al “Convenio Marco de Cooperación en Materia Económica y de Inversiones” suscripto entre Buenos Aires y Pekín. Es razonable que así sea, serían los principales perjudicados ante una eventual avalancha de productos manufacturados de aquel origen. Las críticas se concentraron en ciertas cláusulas que, según las palabras del empresario brasileño Pedro Luiz Passos, presidente del Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial (IEDI), habilitarían a las empresas asiáticas a “traer mano de obra desde China e importar insumos y equipos en condiciones más ventajosas que las concedidas a otros socios comerciales”.

Tal vez el pecado más grave cometido durante la larga marcha hacia los acuerdos con China haya sido la unilateralidad con la que se manejó el tema. Passos no disimuló el descontento reinante entre el empresariado de nuestro país vecino: “Argentina ignoró su sociedad histórica con Brasil, mediada por el Mercosur”, sentenció. Que las relaciones entre ambos países no están pasando por su mejor momento no es ninguna novedad, y las responsabilidades de que así sea están repartidas entre ambos lados de la frontera. Sin embargo, la crisis actual no debe impedir abstraernos de las discusiones coyunturales y tener una visión estratégica regional.

Con sus casi 400 millones de habitantes actuales, Sudamérica es el ámbito ideal para pensar en un proyecto de integración económica de escala continental. La necesidad de lograr una mayor competitividad fuerza a ahondar la integración comercial y productiva regional, que consolidaría un mercado “interno” conjunto suficientemente voluminoso para dar cuerpo al proceso de desarrollo. A su vez, el objetivo común a todos los miembros de UNASUR de equilibrar la balanza del comercio con la República Popular China, en términos cuantitativos y también cualitativos, pone en evidencia la conveniencia de establecer una estrategia unificada y dejar de lado las negociaciones bilaterales, que debilitan tanto las posiciones de cada una de las naciones como la cohesión política de la región. No estamos condenados a ser el granero del gigante oriental, es posible generar valor agregado local y perfeccionar una inserción internacional más beneficiosa. Las condiciones están dadas, pero es un camino largo y difícil; depende de nosotros decidir si vamos a emprenderlo esta vez o si vamos a seguir avanzando, cada uno por su cuenta, por la senda del subdesarrollo.

Francisco Uranga

Francisco Uranga

Ingeniero Industrial

Coordinador del Equipo de Desarrollo Económico del CEN

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