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Educación vs. Inclusión. Deudas y Desafíos

*) Por Nicolás Motura.

Decir que la educación es el modo por excelencia de ascenso social, pareciera ser una verdad de perogrullo. Miles de argentinos han mejorado su nivel de vida durante décadas, gracias al acceso irrestricto a la educación.

El alcance y la magnitud de la tarea educativa han sido mundialmente reconocidos, ubicando a nuestro país entre los de mayor porcentaje de alfabetización y menor tasa de analfabetismo. Sin embargo este sistema en pleno siglo XXI, muestra sus aporías.

Este año se cumplen 130 de la denominada Ley de Educación Común (1884) que hizo de la tarea pedagógica una obligación para el Estado y un derecho para la ciudadanía.

Desde ese tiempo, mucha agua ha corrido bajo el puente: los avatares económicos, políticos y sociales han jugado una mala pasada en un sistema que reproduce desigualdades y acrecienta la brecha entre los que tienen y los que no. De manera simplificada pueden enumerarse tres razones.

En primer lugar, hay un desprestigio de la tarea docente. Durante generaciones el modelo del apostolado y el discurso de la “vocación” han justificado un sinnúmero de atropellos a la función docente. Su reconocimiento como trabajador, si bien ha permitido conquistar derechos, también lo ha equiparado al resto de los trabajadores, desconociendo su función específica: la de profesionales de la educación.

A esto se suma el deterioro de las condiciones laborales por los bajos salarios, el exceso de responsabilidades, las pésimas condiciones edilicias, la falta de formación y capacitación constante y el desprestigio cada vez mayor de la idea de “autoridad pedagógica”.

En segundo lugar, la población estudiantil de por sí ya diversa y compleja, concurre a los establecimientos educativos de acuerdo a su poder adquisitivo. Aquellos que pueden pagar, disponen de clases, condiciones edilicias acordes, acceso a las TIC y ámbitos de sociabilidad, carentes en muchas instituciones públicas. La brecha educativa entre escuelas públicas y privadas, en este escenario se agranda, reproduciendo las condiciones de existencia.

En tercer lugar, el sistema educativo en su conjunto resulta obsoleto. Un modelo de educación pensado en el siglo XIX poco puede responder al siglo XXI. Contenidos anacrónicos, esquemas de enseñanza tradicionales y prácticas ritualizadas, no responden a una realidad compleja, interrelacionada y flexible, en donde la sociedad de la información sustituye a la sociedad disciplinaria.

Todo este conjunto de causas combinadas entre sí, explican por qué uno de cada tres chicos que comienzan la escuela, no la terminan, engrosando la masa de desocupados o de los denominados “jóvenes ni ni”.

El sistema de asistencialismo y el de becas no alcanzan tampoco. Constituyen meros parches para un sistema vetusto, sobrecargado de exigencias pero carente de instrumentos de intervención concretos. En plena “década ganada” el problema lejos de solucionarse, ha tendido a agravarse, a pesar del tan publicitado “6% del PBI” destinado a educación.

Salir de la pobreza no es solo una decisión individual, como lo plantea el credo neoliberal, también es resultado de una acción colectiva movilizada por el Estado. Con docentes empobrecidos económica y culturalmente, estudiantes condenados a reproducir sus condiciones de vida heredadas, con un sistema anquilosado, poco se puede hacer para revertir la crisis del sistema y las desigualdades. Parafraseando a Arturo Illia es tiempo de una “Revolución Educativa”, no solo política sino también de la inclusión.

Nicolás MoturaNicolás Motura
Profesor de Historia. Estudiante de las
licenciaturas de Ciencias Políticas de la
Facultad de Trabajo Social UNER e Historia
en la Facultad de Humanidades UADER.
Franja Morada Regional Entre Ríos

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