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Participación y Progreso

*) Por Santiago Halle.

En la Edad Media, Venecia era una de las ciudades más ricas del mundo. El grupo de islas que la forman (situadas en el extremo norte del mar Adriático) era, hacia 1330, tan grande y poblado como París y tres veces más que Londres. Su expansión económica se debía principalmente a una serie de innovaciones contractuales (por ejemplo, la commenda) que permitían que las instituciones económicas fueran más inclusivas. Estas instituciones permitían el ascenso social, incorporando al proceso económico a personas que no formaban partes de las elites tradicionales.

Dichas instituciones económicas inclusivas fueron complementadas con instituciones políticas plurales y abiertas. La creación del Gran Consejo, un órgano que amalgamaba una amplia representatividad de muchos sectores de la población fue de la mano con el punto máximo de expansión económica de la ciudad. Asimismo, estas reformas políticas condujeron a otras innovaciones institucionales: la creación de magistrados, tribunales, tribunal de apelación y nuevas leyes relativas a la bancarrota y otros temas sensibles.

Sin embargo, Venecia estaba sometida a una gran tensión: a medida que se iban incorporando nuevos jugadores al ciclo económico y político, el poder de las viejas elites iba disminuyendo. Luego de muchos años de pugna, la larga disputa de poderes culminó con la llamada (“el cierre”) de Venecia; el cual implicó un límite a la incorporación al Gran Consejo de personas de la nobleza naciente. Las instituciones políticas se volvieron extractivas, exclusivas; de pocos. A la serrata política continuó la serrata económica: se prohibió el uso de la commenda, dando un golpe letal al ascenso social de jóvenes mercaderes. Estas reformas acabaron con la vida económica y política la ciudad, el comercio a larga distancia se convirtió en dominio exclusivo de la nobleza; la desigualdad y la pobreza comenzaron a crecer. Venecia iba en camino a convertirse en la primera sociedad inclusiva del mundo, pero cayó de un golpe. El golpe fue a la vida política, a las instituciones políticas inclusivas desarrolladas, de conformación plural y representativa.

Actualmente, la única economía de Venecia, aparte de algo de pesca, es el turismo. Paraná tiene (como todas las ciudades) cosas favorables y puntos problemáticos. El diseño estructural, la densidad y distribución de la población, la prestación deficiente y desequilibrada de servicios públicos, etcétera; cuestiones que no deberían sorprender de una ciudad argentina de 300 mil habitantes. Son muchos los asuntos que mejorar en este sentido, pero mi intención no es ahondar en cuestiones particulares.

Propongo, en cambio, pensar en sus instituciones políticas, en la conformación y efectividad de las mismas. Y, sobre todo, en la participación política como instrumento de cambio. La experiencia veneciana es un pequeño aporte que nos hace pensar que la conformación de las instituciones públicas incide más de lo que creemos en la vida cotidiana y en la distribución igualitaria de los bienes colectivos. El desarrollo histórico de la ciudad italiana cambió sensiblemente cuando las decisiones se comenzaron a tomar desde las elites (gobernantes y económicas); desde la centralidad, los grupos de poder tradicionales. El poder se fue concentrando paulatinamente y el ciclo económico tuvo cada vez menos beneficiados.

Pluralidad indica riqueza intelectual, mejores proyectos, armonía, igualdad. Pero también indica progreso: no hay ciudad o país poderoso del mundo, desarrollado, equitativo, que no tenga instituciones públicas inclusivas.

Considero, entonces, que la mejor forma de pensar y tomar decisiones se realiza desde la descentralización, fomentando la participación activa de todos los actores que forman parte de la vida de una ciudad. La democracia moderna exige más atención a la voz de los ciudadanos, tanto en el diseño como en la implementación de las políticas públicas. El viejo sistema de “doble legitimidad” democrática no basta para satisfacer las necesidades de los ciudadanos del siglo XXI; las elecciones cada cuatro años no son suficientes para expresar la voluntad popular en la cantidad de problemas que rodean nuestras vidas.

Las nuevas instituciones democráticas, de democracia directa y semidirecta, son instrumentos viables para lograr la coordinación necesaria entre las instituciones públicas y los ciudadanos. Tener el valor y la voluntad política de implementarlas es nuestro deber como actores de la vida pública de la ciudad.

Por eso, entiendo que la mirada debe ir dirigida a abrir el juego, abrir la puerta para que ingresen (especialmente desde la descentralización) nuevas formas de participación política. Los ciudadanos debemos tomar conciencia de que la vida en democracia es más compleja; implica aceptar al que piensa distinto y saber convivir en armonía con él. Debemos tomar un rol activo en la política, tomar las decisiones por nosotros. Un filósofo español que dice que los totalitarismos son enormes simplezas, intentos de simplificar por la fuerza las complejidades propias de las sociedades modernas.

Mi propuesta, en fin, tiene que ver con hacernos cargo de nuestra ciudad; de nuestro hogar. Entender que si nuestro hogar está limpio seguramente vamos a querer que nos visiten, y nos van a querer visitar. Si nuestro hogar está ordenado podemos vivir mejor. Hacernos cargo implicar participar, activarnos. Muchas experiencias en el globo indican que el progreso está directamente relacionado con las instituciones públicas y económicas inclusivas de los países. Quizás -en menos escala- sería bueno mejorarlas en nuestra ciudad. Para ello debemos estar preparados, y exigir el cambio. ¿Si probamos?.

Santiago HalleSantiago Halle
Estudiante de abogacía Auxiliar alumno en cátedra “Gobierno y Administración Publica”, F.C.JyS. Universidad Nacional del Litoral. Militante del Movimiento Peronista “26 de julio”

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