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Sobre los usos y abusos de la historia

*) Por Nicolás Motura.

Sin pretensión de realizar un riguroso recorrido por las distintas corrientes historiográficas, el presente artículo busca esbozar ciertas líneas de análisis que permitan resumir los avatares en cuanto a la escritura y la intencionalidad de la historia.

Se parte del supuesto de la existencia de una funcionalidad específica de la disciplina, que ha llevado a modificar estilos, temáticas y destinatarios. Esta situación es extensible a nivel mundial,  más allá del caso argentino, cuya singularidad se busca reflejar.

El desarrollo a continuación, pretende forzar tipologías para dar cuenta de sus aspectos distintivos. No constituye un tipo acabado y cerrado, sino una caracterización que generaliza un estado de cosas. La magnitud de trabajos historiográficos, impiden clausurar conceptos y definiciones, por lo que a los fines del trabajo, solo persigue una intencionalidad ilustrativa para llegar a la reflexión del  final.

Habiendo hecho las aclaraciones del caso, nos disponemos a trazar un recorrido, desde la antigüedad hasta nuestros días, haciendo énfasis en el caso argentino, origen y destino del presente análisis.

1. De la historia magistra vitae al relato científico

La historia como disciplina ha recorrido caminos muy diversos a lo largo del tiempo, llegando a ser considerada una ciencia en la actualidad. Pero no siempre detentó ese rótulo.

En la antigüedad, la historia atendía no solo a aquellos acontecimientos dignos de recordar para una sociedad, sino que también las virtudes cívicas y morales que una comunidad deseaba trasmitir a sus futuras generaciones.

La historia era magistra vitae, es decir, espejo donde reflejarse. Esta intencionalidad, escondía otra mucho más importante: sostener un orden social. Una justificación a las injusticias al interior de la sociedad.

También en la antigüedad, la historia funcionaba como una forma de otorgar legitimidad a ciertos gobernantes que por razones poco honorables habían llegado al poder. Eso explica la existencia de los llamados “mitos fundadores” que, desde una postura mesiánica, pretendían justificar el origen social o las arbitrariedades del soberano.

Esta práctica de uso de la historia fue muy común durante muchos siglos. La situación comienza a dar un giro con el advenimiento de la modernidad. La ciencia comienza a ser considerada la forma reconocida de verdad. Otro relato que careciera de campo y de método, no obtendría reconocimiento.

La historia entonces, cercana a la ficción pedagógica para las elites, dio paso a la escritura científica del pasado. Nace la historiografía con nuevas técnicas, intereses y finalidades.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, en Europa y América se conforman los Estados nacionales. Esta situación puso a la historia en el centro del debate acerca del lugar del pasado como elemento aglutinador. Cada país reescribió su historia nacional, exaltando lo distintivo con miras a dotar ideológicamente a una burocracia en formación.

La invención de la nación respondía a una demanda específica: la historiografía era el vehículo para esa misión.

El curso de los acontecimientos pronto demostró que el nacionalismo (la exaltación de la nación) era un arma de doble filo: rescataba lo propio, pero también creaba una actitud hostil hacia el extranjero. La semilla de la discordia se sembró entre las naciones cuyo corolario fueron las guerras de exterminio del siglo XX, donde la historia también hizo su aporte.

La caída del muro en 1989, no solo culminó con la ilusión socialista, si no que abrió paso a la posmodernidad. La crítica a la racionalidad, junto a la sensación de anomia y fragmentación, derivó en formas nuevas de hacer la historia. Un ejemplo de ello es la microhistoria italiana o los estudios subalternos, donde la mirada de lo micro sustituye a lo macro.

Sin embargo el discurso realista, lejos de desaparecer, se retroalimentó. Nuevos enemigos fueron creados y a la ausencia de un modelo de escritura, derivó en una crisis de la disciplina.

Nuestro país no fue ajeno a esta tendencia. La historia es reflejo de la sociedad que trata de describir, con sus tensiones y contradicciones. Un breve recorrido por sus tendencias, nos ayudará a comprender donde nos encontramos situados.

2. El caso argentino

Sin dar cuenta de todas las corrientes existentes, tres tendencias dentro de la historiografía argentina son importantes remarcar: la historiografía liberal (comúnmente llamada historia oficial), el revisionismo y la escritura académica.

La primera nace hacia finales del siglo XIX. Su finalidad era crear un relato nacional que enlazara los acontecimientos de las provincias en uno solo, reforzando la idea de un origen común desde la Revolución de Mayo a nuestros días.

Esta historia, de quienes sus referentes son Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, dividía a sus personajes en buenos y malos, en civilizados y bárbaros. Su objetivo era crear un panteón de próceres en donde reflejarse. La idea de una historia magistra vitae pervive en ella, y las instituciones estatales fueron agentes clave de difusión.

En un contexto de inmigración y progresiva centralización del poder estatal, la escuela y las fuerzas armadas, crearon una serie de rituales y momentos que cristalizaron una mentalidad nacionalista. La celebración de efemérides, el juramento a los símbolos patrios, los monumentos conmemorativos, entre otras acciones, fueron pilares de una idea de país, que desde los sectores dirigentes se pretendía imponer.

Con la progresiva democratización política y social de la Argentina, en las primeras tres décadas del siglo XX, sectores medios y populares comenzaron a adquirir mayor protagonismo en el entramado social. La incipiente industrialización, la sanción de una legislación reparadora y la progresiva escolarización, fue configurando una nueva masa crítica que comenzó a cuestionar los principios de aquellos “padres fundadores”.

La intelectualidad no estuvo exenta de ese proceso. El revisionismo histórico, como su nombre lo indica, pretendió “revisar, reformular” los postulados de esa historia oficial. Con ánimo de rescatar la historia de los olvidados, esta escritura invirtió los términos haciendo de los buenos, los malos y viceversa.

Aesto se sumó una visión pesimista del devenir, que criticaba duramente al proyecto liberal, dando énfasis a una suerte de despojo del patrimonio nacional, por parte de fuerzas espurias y malignas. Sin embargo, esta historia caía en los mismos errores de aquella manera de historiar, que decía criticar: creaba un relato maniqueo donde los antiguos héroes pasaban a ser los villanos.

El peronismo, fuerza política que nació al calor de los cambios experimentados durante las décadas de 1930-1940, se valió de este tipo de historiografía. Su relato de justicia social, asociada a una lucha entre pueblo y oligarquía, se ajustaba perfectamente a esa dicotomía.

A la primera oleada de historiadores, encabezada por los entrerrianos Irazusta y Carlos Ibarguren, le sucedieron José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos, Fermín Chávez, Rodolfo Puiggrós, Juan JoséHernándezArregui, entre otros.

De lectura sencilla y distribución masiva, el revisionismo, fue baluarte de la llamada izquierda revolucionaria durante más de 30 años, inspirando a una generación de jóvenes a la acción política. Organizaciones como Montoneros, por ejemplo, deben su nombre a este tipo de estudios, que rescatan personajes antes descuidados, como las huestes de los caudillos.

La violencia política y la dictadura de 1976-1983, sin duda impactó en la sociedad argentina. A las desapariciones, la represión y la censura, se le sumó la apertura económica que modificó la estructura productiva del país.

La normalización de las instituciones, con el advenimiento de la democracia en 1983, fue puntal para el surgimiento de una nueva forma de hacer historia. Un intento de dejar atrás años de enfrentamientos y que tuvo a las corrientes históricas, como parte de esa lucha.

La academia se nutre de un nuevo clima de época. Retornan exiliados, con nuevas improntas, y nuevas temáticas son abordadas. Rigurosidad metodológica y objetividad, fueron los objetivos de este tipo de historiografía, hecho por investigadores y para la academia. L

a idea de reposicionar a la disciplina como ciencia, creó una comunidad científica que controla a susmiembros, con intenciones claramente unificadoras.

Sin embargo la tendencia liberal y revisionista no desapareció. Se reciclaron en obras de divulgación, para un público más masivo, y gozan en la actualidad de fuerte salud. Con ellas, esa tendencia a crear mitos fundadores, o conspiraciones que tanto atraen a los públicos de una y otra

línea.

3.Algunas reflexiones finales

La convivencia de tendencias contrapuestas, es síntoma de un momento histórico de crisis. La ausencia de un paradigma de escritura único, denota un cambio de época donde los grandes metarrelatos ya no alcanzan para explicar la realidad.

La utilización de la historia con intencionalidades políticas e ideológicas, viene desde su nacimiento. El recorrido trazado con anterioridad, demuestra que para cada época, existe una historia.

El peligro del uso (y abuso) de la historia, se ha reflejado en las antinomias que ha creado. Gran parte del éxito de la historiografía, es que ha sabido nutrir a un público que se ha reflejado en ella, buscando respuestas no solo de su pasado sino también de su futuro.

Ser responsable con lo que se dice, es una premisa para cualquier historiador actual. Las pasiones que encienden, las contradicciones a las que alude y las finalidades que persigue, no deben ser caldo de cultivo para aumentar la brecha entre los sectores sociales.

La academia argentina, reestructurada luego de la dura experiencia de la dictadura, pretende ser custodio de esa premisa. Pero la convivencia con otras tendencias, con mayor llegada al público general, muchas veces diluyen esas intenciones.

Queda para el futuro, crear una historia donde la masividad no sea oposición de la rigurosidad. Nuevas formas de narrar, nuevos soportes o tal vez, mayor exposición de los historiadores de la academia en los medios, podrían ser caminos para acercar esa historia, tildada de elitista muchas veces, al público general.

Afortunadamente, el acceso a Internet, nuevas propuestas televisivas (como el canal Encuentro, por ejemplo) y el destino de mayor cantidad de recursos para la investigación, van en esa dirección.  Pero resulta insuficiente.

Un proyecto de país, requiere de los argentinos una reconciliación con su pasado de antinomias. Abrevar en ellas no es el camino. La Argentina del futuro necesita de todos. Y de una nueva historia, también.

Nicolás MoturaNicolás Motura
Profesor de Historia. Estudiante de las
licenciaturas de Ciencias Políticas de la
Facultad de Trabajo Social UNER e Historia
en la Facultad de Humanidades UADER.
Franja Morada Regional Entre Ríos

 

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